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viernes, 14 de agosto de 2015

El insomnio de la productividad

Había un mundo feliz en el que las máquinas no terminaban en la palanca o el teclado si no que de ellas hacía parte también el operario y el oficinista, la producción controlaba a estos humanos como periféricos de los aparatos a los que estaban conectados y cada ocho horas tenían relevos en los turnos de trabajo.

Para lograr que las ganancias siempre se acrecentaran era necesario contar con personas dispuestas a la eficiencia por encima de todo y esto se lograba maravillosamente; era el resultado de siglos de cambio cultural centrado en las aspiraciones del individuo, el descrédito de lo comunitario y la conversión del egoísmo en el mayor valor para guiar la sociedad.

Desde muy chicos en sus hogares les transmitían que al ser adultos serían valorados por sus ingresos y la manera de gastarlos en centros comerciales, automóviles, bisturís, parejas y otras deslumbrantes mercancías.

El sistema era eficiente, los padres impulsaban a sus hijos a ser siempre los primeros en la carrera de triciclos, en el equipo de fútbol, en las notas escolares, repetían: sólo sirve ser el primero, los demás son perdedores. El principal motivo para elegir que aprenderían sus pequeños era el cuanto ganarían en sus oficios de adultos.

Los estudiantes insistían y lograban que los profesores fueran prácticos, divertidos, ligeros y que no los perturbaran con esas tediosas teorías que explicaban los fenómenos y las causas; la sociedad había avanzado y fue aceptado como pilar de la enseñanza que no era importante aprender a sumar ya que la calculadora había rescatado a la humanidad de ese farragoso asunto.

La educación había sabido responder de manera satisfactoria a la crítica frecuente del mundo productivo que la acusaba de no conectarse con las necesidades de la ganancia;  por fortuna habían sido relegadas a su mínima expresión las humanidades, el arte y la música; la academia lograba operarios específicos, oficinistas repetitivos, directores sin liderazgo, médicos sin pacientes pero con clientes, agrónomos sin campesinos pero con rentabilidad; la eficiencia había sido lograda.

En el trabajo les decían que llegaban a una gran familia, leían los valores éticos de la empresa, comprendían con ilusión que debían estar disponibles para cuando los necesitaran, que trabajar tiempo extra sin paga era un gesto de compromiso; en diez años ya habían tenido igual cantidad de empleos; pero eso no importaba, desde su más tierna edad habían sido formados para vivir en la incertidumbre del contrato, en la precariedad del suelo y en las necesidades de del servicio.

En las charlas de motivación con la sicóloga de la empresa les recordaban que eran un equipo y debían ayudarse; en las reuniones de trabajo y cumplimiento de metas se les exigía competir todos contra todos; el sistema funcionaba bien, ya en esta etapa de la vida contaban con la ventaja firme de ni siquiera notar las contradicciones.

Para bienestar general los momentos de ocio  eran pocos, los niños tomaban ocho cursos adicionales a sus labores escolares, los adultos usaban casi todo su tiempo en el trabajo y transporte diario.

La diversión más frecuente era matar el tiempo libre desde alguna pantalla que le evitará dar vida a la conciencia de si mismo; también ya se había superado esa época primitiva de ser hincha de un equipo local y ya todos compraban camisetas y abalorios de uno o dos equipos grandes del universo con los cuales se conectaban a través de la  televisión.

Estaba en vía de superación esa atávica costumbre de conversar con el vecino, mirar la cara del interlocutor y aún la peor: dirigirle la palabra a otros en los sitios comunes donde pudieran coincidir.

La inteligencia se evidenciaba en la capacidad para hacer buenas compras un día de promoción; en la habilidad para la gimnasia bancaria y las acrobacias con los días de cierre de las tarjetas de crédito.

Esta sociedad era feliz, exhibían los objetos y el oropel que sus padres y abuelos nunca habían soñado, sabían cual era la última tontería del artista de moda, contaban con una dosis diaria de me gusta en sus cuentas sociales y estaban seguros que no había límites en y para el planeta.

Un disidente dice que protegidos por sus sábanas duermen mal, se sienten solos y frustrados, ¡Sólo es un desadaptado!

jueves, 15 de agosto de 2013

La invención del tercer mundo - Arturo Escobar


"Por casi cincuenta años, en América Latina, Asia y África se ha predicado un peculiar evangelio con un fervor intenso: el “desarrollo”. Formulado inicialmente en Estados Unidos y Europa durante los años que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial y ansiosamente aceptado y mejorado por las élites y gobernantes del Tercer Mundo a partir de entonces, el modelo del desarrollo desde sus inicios contenía una propuesta históricamente inusitada desde un punto de vista antropológico: la transformación total de las culturas y formaciones sociales de tres continentes de acuerdo con los dictados de las del llamado Primer Mundo. Se confiaba en que, casi que por fiat tecnológico y económico y gracias a algo llamado planificación, de la noche a la mañana milenarias y complejas culturas se convirtieran en clones de los racionales occidentales de los países considerados económicamente avanzados.

El presente libro narra el surgimiento de este sueño, y cómo poco a poco se tornó en pesadilla. Porque en vez de la tan anhelada transformación, parece que el desarrollo solo hubiera logrado multiplicar al infinito los problemas socioeconómicos de Asia, África y América Latina. Basta una mirada superficial a los paisajes biofísicos, económicos y culturales de la mayor parte del Tercer Mundo para darse cuenta de que el desarrollo está en crisis, y que la violencia, pobreza y deterioro social y ambiental crecientes son el resultado de cincuenta años de recetas de crecimiento económico, “ajustes estructurales”, macroproyectos sin evaluación de impacto, endeudamiento perpetuo, y marginamiento de la mayoría de la población de los procesos de pensamiento y decisión sobre la práctica social.

El enfoque del libro es posestructuralista, en el sentido de que parte del reconocimiento de la importancia de las dinámicas de discurso y poder en la creación de la realidad social y en todo estudio de la cultura. El desarrollo, arguye el estudio, debe ser visto como un régimen de representación, como una “invención” que resultó de la historia de la posguerra y que, desde sus inicios, moldeó ineluctablemente toda posible concepción de la realidad y la acción social de los países que desde entonces se conocen como subdesarrollados.

El libro retoma los hitos más importantes de esta historia, analiza el papel de los economistas y planificadores en ella, y se detiene a examinar en detalle las estrategias de desarrollo concernientes a los campesinos, las mujeres y el ambiente. Como lo sugiere el título, y como se discute en la conclusión, el desarrollo y el mismo Tercer Mundo están en vías de desmoronarse.

Esto ocurre no tanto porque el Segundo Mundo (las economías socialistas de Europa del este) haya desaparecido y la sagrada trinidad del orden mundial de la posguerra esté llegando a su fin, sino por el fracaso rotundo del desarrollo en términos de sus propios objetivos, y gracias a la creciente resistencia y oposición a él por parte de un número cada vez mayor de actores y movimientos sociales de importancia. Las voces que claman por el fin del desarrollo como experimento histórico que ha llegado a su fin crecen cada día.

Confiamos en que al tratar de escribir su obituario, como pretendemos aquí junto a otros estudios que comparten el presente enfoque, contribuimos a imaginar alternativas, cambios de rumbo, otras formas de representar y diseñar nuestras múltiples realidades sin reducirlas a un patrón único ni a un modelo cultural hegemónico.

¿Es posible imaginar una era posdesarrollo de este tipo en contextos de globalización de la producción económica y cultural? Pensamos que sí. 

Por un lado, la internacionalización de la economía no puede ser negada; pero las llamadas “aperturas” en América Latina no exhiben ninguna imaginación; son en general una adaptación pobre a las recetas neoliberales ideadas en otras latitudes; benefician a capitalistas y sectores dominantes del mundo y perjudican a los trabajadores, al ambiente, a los subalternos y a las culturas diferentes. 

Se impone repensar las condiciones para participar en los espacios transnacionales. Por otro lado, si bien la expansión tecnocientífica es irreversible, no tiene que ser catastrófica para los grupos populares y el ambiente. ¿Cómo es posible alterar sus finalidades y modos de operación? Esto requiere inventar prácticas sociales que relacionen los procesos sociales, económicos y políticos con las transformaciones tecnocientíficas, las creaciones artístico-culturales, y los esfuerzos por superar los graves problemas socioeconómicos que afectan a la mayoría de la población. Hoy en día, todos los sistemas políticos están abocados a esta tarea, la cual supone la invención de identidades subjetivas, de otras superficies de vida, verdaderamente nuevos territorios existencialistas.

En resumidas cuentas, es posible imaginar nuevas formas de organizar la vida social, económica y cultural; los sistemas económicos y tecnológicos pueden ser reorientados. No solo la voluntad paranoica de los que poseen el poder –capitalistas, narcotraficantes, políticos convencionales, violentos de todo tipo– puede capturar los deseos colectivos; estos también pueden ser codificados por proyectos liberadores. 

En países como Colombia, los llamados “kínderes” de políticos jóvenes han fracasado no por jóvenes sino por haber entregado su capacidad de imaginación al statu quo. 

A esta pobreza conceptual se opone con frecuencia la actividad de aquellos que, como algunos movimientos sociales e intelectuales disidentes, ven en lo económico y tecnocientífico no el material para una irresponsable aventura más en desarrollo sino la posibilidad de inventar nuevas formas de ser libre. A esto llamamos posdesarrollo."

jairmontoyatoro@gmail.com
@jairmontoyatoro


Arturo Escobar es un antropólogo, investigador y profesor colombiano que ha trabajado en temas como ecología, política, pobreza, antropología del desarrollo, movimientos sociales; muchos de sus trabajos han sido realizados en el Pacífico Colombiano; mucho de su trabajo de campo sigue siendo en Colombia.

Descargar Más allá del tercer mundo. Globalización y Diferencia de Arturo Escobar