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jueves, 11 de junio de 2015

“Nuestra causa se juzga por los propósitos y la adversaria por los resultados” - Estanislao Zuleta

Nos desarrollamos como individuos a través de nuestra vida y como pueblos a través de la historia común, este caminar como sujetos y como vecinos lleva a la domesticación de muchos de nuestros instintos, es decir: el espécimen y la especie se van humanizando; el tránsito juntos ha permitido cultivar la convivencia y ahí hay logros fundamentales que sustentan las sociedades.

Vivir en comunidad de manera saludable exige el reconocimiento del otro y esto lleva a admitirlo, a permitir y facilitar su existencia, su desarrollo y no sólo al lado sino conmigo; ese es el ideal, ahí se expresa la humanización.

La alteridad, el ponerse en los zapatos del otro,  no sólo es difícil con el lejano sino también con el próximo, con el familiar, con el compañero de trabajo, con el vecino; la conducta propia hacia los otros en muchos casos dista del respeto y el reconocimiento merecido; es más, son frecuentes las relaciones cotidianas basadas en la hostilidad, la burla y el murmurar continuo hacia aquellos con los que se comparte la balsa de la vida.

¡Y claro! En esto  consiste la humanización, en desbravar esos impulsos y como consecuencia  tener comportamientos más equilibrados,  más fructíferos en el encuentro con los demás; para lograrlo deben superarse conductas que de manera explícita o velada se sustentan en el desconocimiento del otro, por ejemplo la expresión: “Lo respeto pero no lo comparto”; es usada casi siempre como una salida aparentemente considerada, pero en realidad está sustentada en la negación del otro, se usa para salirse del paso, porque en su fuero interior, quien dice la frase, sólo reforzará sus sentimientos y razones para continuar en la otra orilla, sin el interés genuino de ponerse en el lugar del otro, en sus circunstancias, en sus motivos, en su historia.

El filósofo colombiano Estanislao Zuleta nos pone en evidencia cuando expresa:

“... Hay que observar con cuánta desgraciada frecuencia nos otorgamos a nosotros mismos, en la vida personal y colectiva, la triste facilidad de ejercer lo que llamaré una no reciprocidad lógica: Es decir, el empleo de un método explicativo completamente diferente cuando se trata de dar cuenta de los problemas, los fracasaos y los errores propios y los del otro cuando es adversario o cuando disputamos con él. En el caso del otro aplicamos el esencialismo: lo que ha hecho, lo que le ha pasado es una manifestación de su ser más profundo; en nuestro caso aplicamos el circunstancialismo, de manera que aún los mismos fenómenos se explican por las circunstancias adversas, por alguna desgraciada coyuntura. Él es así; yo me vi obligado. Él cosechó lo que había sembrado; yo no pude evitar este resultado. El discurso del otro no es más que de su neurosis, de sus intereses egoístas; el mío es una simple constatación de los hechos y una deducción lógica de sus consecuencias. Preferiríamos que nuestra causa se juzgue por los propósitos y la adversaria por los resultados...”

@jairmontoyatoro
jairmontoyatoro@gmail.com



El elogio de la dificultad y otros ensayos - Estanislao Zuleta

Imagen tomada de: http://es.slideshare.net/superdeville/estanislao-zuleta-elogio-a-la-dificultad

domingo, 19 de enero de 2014

Desde El Elogio de la Dificultad de Estanislao Zuleta. Para cultivar la felicidad...

Vivir es vibrar, pero nuestra sociedad quiere asimilar felicidad con facilidad; quiere hacernos creer, y lo ha logrado en buena manera, que la vida ideal es aquella que no exige esfuerzo, en la que todo aparece confortable, sin cultivarlo; casi que sin pedirlo.
La felicidad humana debe incluir el palpitar cotidiano de la relación con los otros, con el mundo; aquella relación saludable y equilibrada que hay que plantar, regar, guardar, superar… La felicidad también está sustentada en la responsabilidad y la angustia que implica el decidir, en el respeto por el otro, en el vivir con el otro incluyendo su diferencia.
La felicidad no es un estado de quietud y de llegada  en el cual todo está dado al alcance de nuestros deseos, como si pudiéramos sumergirnos eternamente  en una baba tibia, dulce y dormida que no requiere nada, sólo el estar ahí…
El facilismo, la automatización, el no tener que pensar, que recordar, que buscar, hace daño; arrebata e imposibilita la facultad humana del elegir y convierte al usuario en una extensión de la máquina que usa (o quizás la máquina lo usa a él) y en simples organismos llevados y mareados por la ola mediática del momento que promete entretenimiento, vía de escape y negación de su propia vida. Lo anterior también convierte a los otros, por ejemplo, en simples listas de envío masivo y cosificado de cumpleaños, seudorecuerdos y “me gusta” maquinales vacíos e insuficientes.
La gran corriente de la actual sociedad propende y alberga contradicciones enloquecedoras, se promete como la era de las comunicaciones pero su producto más frecuente son individuos aislados, encerrados, con sus ojos atareados de imágenes y sus oídos saturados de ruido; la propuesta y su logro son deambular conectados a artilugios que oculten al otro, que nieguen el entorno que se vive; pero la consecuencia mayor es que no sólo logran desvincular al otro, sino que alejan de sí mismo a quien depende de estos aparatos; al estar siempre enganchado con aquello que lo entretiene, el individuo pasa a ser un ente automatizado que no tiene tiempo de mirarse así mismo, aún peor que se aterroriza frente a un momento de silencio, de calma; un sujeto que se siente desamparado y aterrado ante el sosiego y la libertad de mirar, oler, palpar, escuchar, conocer el mundo que esta al alcance de su cotidianidad.
Un humano embrollado en todas estas promesas de Un Mundo Felix, como el de Aldos Huxley, sólo dará tumbos entre todas aquellas seudo-felicidades que le ofrecerán el consumismo, la secta religiosa, el partido político, el equipo de fútbol, el artista de moda; todo  el estrépito de la comunicación y el espectáculo le hará perderse de estar un poco a solas consigo mismo, viviendo, vibrando, sufriendo, gozando y volviendo a empezar con sus sueños, sus derrotas, sus logros, sus miedos.
Para la actualidad no hay momento peor que el del silencio, el de la calma, el del caminar lento; es una sociedad que incita al desespero, a algún tipo de esquizofrenia; y para asumir esto sólo hay que tomar de nuestra humanidad la capacidad de disfrutar el silencio, de buscar un poco de soledad, de cultivar el esperar tranquilo en la fila y en la vida, de desencantarnos de las promesas de paraísos, como aquella ilusión de almacén, que quiere hacer creer que la felicidad viene empaquetada en sus artefactos que perderán vigencia en la promoción de la próxima temporada.
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El elogio de la dificultad y otros ensayos - Estanislao Zuleta

lunes, 10 de diciembre de 2012

El elogio de la dificultad - Estanislao Zuleta

"... La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiesta de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y, por tanto, también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes.

Todas estas fantasías serían inocentes e inocuas, sino fuera porque constituyen el modelo de nuestros anhelos en la vida práctica.

Aquí mismo en los proyectos de la existencia cotidiana, más acá del reino de las mentiras eternas, introducimos también el ideal tonto de la seguridad garantizada; de las reconciliaciones totales; de las soluciones definitivas.

Puede decirse que nuestro problema no consiste solamente ni principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo que nos proponemos, sino en aquello que nos proponemos: que nuestra desgracia no está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la forma misma de desear. Deseamos mal.

En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor, y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo. En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de abundancia pasivamente recibida..."

Zuleta Estanislao (1980), El elogio de la dificultad, Pág. 1.

jairmontoyatoro@gmail.com
@jairmontoyatoro